La búsqueda de un motivo
Algunas personas creen que a toda conducta humana la motiva un egoísmo esencial. Inclusive onsideran el altruismo como una desviación para “lograr cuanto uno quiere”. Otros creen en la “bondad”y
abnegación de la humanidad. La mayoría de nosotros adoptamos una posición entre ambos extremos y nos damos cuenta de que la motivación varía de una situación a otra para la mayoría de las
personas. Pero, desde el punto de vista científico, tales observaciones no explican la conducta humana. Constituyen puntos de vista, o artículos deje, abiertos a una explicación retrospectiva,
aun cuando ofrecen muy pocas claves de la manera como cierta persona se va a comportar en una situación dada. La descripción científica debe ser tal que nos permita predecir qué sucederá en
determinadas circunstancias y estar seguros de que en ellas siempre ocurra el mismo hecho.
¿Gobernados por los instintos?
A uno de los primeros intentos por explicar la motivación se le conoció como teoría de los instintos y fue muy popular a principios del siglo XX. Según esta teoría, desarrollada por William
McDougall, cada individuo posee instintos independientes para cosas tales como el escape, el combate, la auto-afirmación, el auto-envilecimiento y todos los demás elementos que conforman el
comportamiento humano. Pero los instintos no explican la dinámica de la conducta, al reducirla meramente a una enorme lista de etiquetas convenientes. Los antropólogos han descubierto que los
“instintos” supuestamente universales como los celos, la rivalidad, la maternidad y la auto-defensa eran muy débiles o no existían en las sociedades que no les daban importancia. La teoría fue
descartada hace tiempo, y, sin embargo, la palabra “instinto” aun forma parte de nuestro lenguaje común. A menudo decimos, “actúe por instinto” o “mi instinto me dice , al querer describir
motivos establecidos tan profundamente que, o no nos damos cuenta de ellos, o no los podemos evitar.
Algunas escuelas de pensamientos psicológicos se irían al extremo opuesto de la teoría de los instintos de McDougall y negarían la existencia de cosas como la motivación -tal como se la considera
comúnmente. Los conductistas, por ejemplo, piensan que los motivos sencillamente no son necesarios para explicar la conducta. Afirman que todo cuanto se conoce sobre la conducta humana -sin
importar cuán complejo sea- se puede describir en términos de las jerarquías de las respuestas condicionadas, así como de las actividades aprendidas. Asimismo, señalan la base de la explicación
científica: la noción de causa y efecto. Los efectos no solamente ocurren, sino que son causados, y las causas siempre preceden a los efectos. Pero, los motivos se expresan en términos de los
objetivos: “Hice esto porque deseaba aquello”. En otras palabras, “mi conducta fue moldeada por algo que aún no sucedía”. Un conductista rígido no admitiría este tipo de respuesta.
El impulso de la supervivencia
Un conductista aceptaría que las principales causas de la conducta se encuentran en ciertos impulsos primarios esenciales para la supervivencia personal y de la especie. Ellos afirman que el
manejo de tales impulsos -la ingestión de alimentos, líquidos y oxígeno junto con la conducta sexual- puede llevar a un control total sobre el individuo. Sin dichos pre-requisitos, ni el
individuo ni la especie pueden sobrevivir. Se les conoce como impulsos primarios, pues son fuentes de energía (y por eso mismo, de supervivencia) no aprendidas, en todo organismo o especie.
El hambre, como un ejemplo de estos impulsos primarios, ha sido motivo de muchos experimentos con animales. Los científicos han llevado a cabo múltiples intentos para analizar el hambre y la
alimentación. No obstante, aun en los experimentos realizados con moscones -a menudo considerados poco más que artefactos vivientes- se ha demostrado que el proceso dista mucho de ser sencillo.
¿Qué sucede entonces con los animales superiores, y con nosotros mismos?
Nuestros apetitos se diferencian muy bien. A fin de mantener un funcionamiento óptimo de nuestro organismo, necesitamos balancear las proteínas, los carbohidratos, el hierro, numerosas vitaminas
y otros elementos. Una dieta “saludable” contiene la cantidad suficiente de tales elementos para satisfacer nuestras necesidades. Cuando en la dieta falta alguna sustancia vital o algún defecto
físico causa una mayor necesidad de tal o cual vitamina, o elemento menor, se puede experimentar una “sub-hambre” y nuestra búsqueda del alimento se hallará dirigida conforme a ello.
Las comidas en los auto-servicios
En un famoso experimento, C. M. Davis permitió que tres niños recién destetados comieran cuanto quisieran en cada uno de sus alimentos (Davis, 1928). Los niños siguieron una dieta balanceada,
dándose algunos “gustos” ocasionales. Un niño, que inició el experimento con raquitismo (causado por una deficiencia de vitamina D), se curó por si solo consumiendo aceite de hígado de bacalao en
mayor cantidad.
La dieta que se les ofrecía consistía únicamente de comida “real”. No se incluyeron en ella los alimentos “no nutritivos” como los helados, las bebidas de cola, etc., así como tampoco alimentos
inusitadamente sabrosos como los pasteles de crema. Este constituye un aspecto importante del estudio, pues otros experimentos sugieren que el sabor es un factor muy poderoso en la elaboración de
una dieta. Las ratas de un laboratorio rechazaron un liquido nutritivo al cual se le agregaba quinina, para darle un sabor amargo, y aceptaron en su lugar una solución de sacarina sin valor
nutritivo alguno.
La validez de dichos experimentos depende, en realidad, de no confundir así los componentes y, el hecho de que los requerimientos experimentales son válidos, se ilustra por medio de la
experiencia vivida por la Gran Bretaña durante y después de la Segunda Guerra Mundial. El raquitismo disminuyó considerablemente durante la guerra debido a la política del gobierno de racionar y
asegurar dietas realmente balanceadas con muy poca cantidad de alimentos “no nutritivos”. Sin embargo, a 30 años de haberse terminado la guerra, el raquitismo reaparece: cuando hubo libertad para
elegir entre una gran cantidad de alimentos, a algunos sectores de la población se les alejó de una dieta balanceada y se les infundió el consumo masivo de dulces o golosinas, relacionado
principalmente con el deseo de placer de las personas, pero también con la explotación comercial de tales dulces”.
Por lo tanto, el principio de que uno habrá de comer únicamente lo que es bueno para el organismo, sólo es válido en condiciones de un abastecimiento restringido de alimentos. Cuando hay un
exceso de comida, los animales -y los humanos- parecen no comportarse inteligentemente.
El sobrealimentarse, como respuesta ante las señales de hambre, se ha convertido en una seria “enfermedad”.
¡Gordo, más gordo, fatal!
La obesidad puede producir resultados fatales, y, en realidad, a muchas personas no les agrada estar gordas. Entonces, ¿por qué muchas se sobrealimentan y engordan? ¿Qué las motiva? Existen
muchas teorías, y las causas de la obesidad son sin duda variadas y complejas. Sin embargo, una línea de investigación prometedora, dentro de los hábitos físicos y alimenticios de los individuos
obesos y de peso normal, proporciona algunas claves interesantes para la motivación en general, así como para el esclarecimiento de la forma, si no de la única razón, en que las personas
engordan.
En primer lugar, las señales internas de hambre (tales como las contracciones estomacales) difieren significativamente entre ambos grupos. Las personas más obesas parecen sentir contracciones más
seguido de lo normal, y esto, en parte, los incita a comer con más frecuencia. Y, cuando estas personas comen, lo hacen con la misma intensidad cuando tienen el estómago lleno que cuando lo
tienen vacío. Además, las emociones tales como el miedo, la tensión y la ansiedad, no hacen disminuir su apetito.
El “lapso de tiempo” es otro motivador importante. A la mayoría de nosotros se nos ha condicionado para sentir hambre cada cuatro o seis horas durante el día. Para los obesos, dicho programa es
muy difícil de seguir, pues el sólo pensar en la hora de comer les provoca hambre.
Nisbett y Schachter han demostrado el poder que las causas externas tienen sobre la “motivación para comer” (1966). En un estudio de laboratorio examinaron, bajo condiciones “engañosas”, a
individuos obesos y de peso normal. Arreglaron los relojes de pared, en las habitaciones sin ventanas destinadas para el experimento, a manera de poderlos acelerar o retardar. Varios fueron
arreglados para caminar aproximadamente al doble de la velocidad normal, en tanto que a los demás se les arregló para caminar aproximadamente a la mitad.
A los participantes se les hizo creer que estaban tomando parte en un estudio de medición de los parámetros fisiológicos. De ese modo, se les conectaron varios electrodos a sus muñecas para que
los experimentadores tuvieran una buena excusa para quitarles sus relojes. Los experimentadores dieron principio a las 5 p.m. y estaban programados para durar treinta minutos. A las 5:30 p.m. los
experimentadores entraron a las habitaciones comiendo galletas de una caja. Los relojes atrasados marcaron las 5:30 p.m. y los adelantados, las 6:05 p.m. El experimentador colocaría la caja de
galletas sobre la mesa, invitando al participante a comer y luego saldría de la habitación, tras de haberle pedido al sujeto llenar un cuestionario. La caja de galletas permaneció en la
habitación.
Los sujetos obesos, quienes pensaron que eran las 6:05 p.m. (hora próxima a la de cenar, ¡comieron el doble de los que pensaron que eran las 5:20 p.m.! Los sujetos de peso normal comieron menos
cuando pensaron que se acercaba la hora de la cena (probablemente por no querer perder el apetito) que en el caso contrario.
Sin embargo, si las personas obesas tienen que “trabajar” para obtener su alimento -particularmente cuando el esfuerzo que esto implica es molesto o frustrante- no comen tanto como lo harían en
otras circunstancias. Por ejemplo, las personas sobrepasadas de peso, que tienen el hábito de comer cacahuates pelados, comerán mucho menos silos tienen que pelar ellas mismas. A las de peso
normal les dará lo mismo comer unos cacahuates previamente pelados que sin pelar.
“Comer es un alivio”
¿Por qué las personas obesas no pueden resistir el poderoso impacto de los indicios externos del ambiente? Una teoría apoya la máxima: “Un bebé gordo es un niño gordo y será un adulto
gordo”.
Un recién nacido llora cuando tiene hambre. Pero no todas las madres se dan cuenta de que los niños también lloran cuando están molestos, mojados, adoloridos, enfadados, frustrados o solos.
La madre poco analítica tiende a alimentar a su niño cada vez que llora. Por ello, el niño no sabe diferenciar entre la sensación del hambre y los diferentes estados excitantes que le producen
angustia.
El niño crece aprendiendo que todos los estímulos internos de “privación” significan hambre. Por lo tanto, esos niños comerán siempre que sientan algo negativo. En contraste con los individuos de
peso normal, quienes se atienen principalmente a las señales internas de hambre, los niños obesos en crecimiento serán por completo incapaces de reconocer dichas señales. Así estos niños llegan a
confiar únicamente en las señales externas del ambiente para la guía y dirección de sus hábitos alimenticios. Esta explicación descarta por completo el “motivo”, siesta palabra se entiende como
la búsqueda de un objetivo.
Primero lo primero
Sin embargo. ¿en verdad puede explicar la conducta de sus amigos, o la suya propia, sólo en términos del aprendizaje? ¿Toda la conducta se encuentra íntimamente ligada a la supervivencia?
Considérense la vanidad, los celos, el amor, la ambición, la búsqueda de la felicidad y la satisfacción personal -los “impulsos” más fuertes que conocemos. Hay quienes afirman que el
entendimiento de los conductistas es demasiado limitado como para abarcar la riqueza de la experiencia humana. Por ejemplo, se les dificulta explicarse el altruismo interespecífico.
(Recuerdo
el clásico ejemplo de Greyfriars Bobby, un perro de Edimburgo, el cual murió ante la tumba de su amo.) Y aun más personas estarán de acuerdo en que, como las personas entienden y emplean el
concepto de la motivación, éste debe ser parte importante de la ciencia de las personas. Para entender a una persona debemos comprender cómo se entiende a si misma. Un psicólogo que dedicó gran
parte de su tiempo al desarrollo de este criterio de la psicología, llamado humanista, fue Abraham Maslow.
Maslow sugirió que tenemos una jerarquía de necesidades (1954). Las más elementales son las biológicas (el hambre, la sed, el sueño, etc...), siendo éstas las principales. Normalmente no se
pueden atender otras necesidades superiores sino hasta que se han satisfecho las más elementales.
Después viene la seguridad y el descanso corporal: un náufrago, en una isla desértica, buscará su alimento antes de empezar a construir su refugio. y, cuando le vuelvan los “retortijones” de
hambre suspenderá su construcción.
Sobre estas necesidades se encuentra el amor, el cual incluye, según Maslow, el afecto al igual que el sexo. En esto radien la principal diferencia entre las ideas de Maslow y las teorías
conductistas.
Para el conductista puro, el afecto constituye una respuesta aprendida hacia otra persona. Se refuerza mediante la disminución de los impulsos sexuales y del hambre, y se elabora y mantiene por
los impulsos secundarios aprendidos, así como por los sistemas de refuerzo.
Nuestra necesidad de afecto forma un puente entre las necesidades biológicas inferiores y las necesidades psicológicas superiores. Inmediatamente antes de este afecto vienen la auto-estima y la
consideración por parte de los demás. Un hombre que puede ganar lo suficiente para alimentarse y sostenerse a sí mismo, busca una compañera y puede formar una familia. Cuando se satisfacen estas
necesidades, comienza a preocuparse por lo que sus compañeros de trabajo piensan de él y de si su trabajo se encuentra al nivel que le gustaría.
Finalmente, Maslow alude una necesidad de auto-desarrollo y liberación, a la cual denomina auto-realización. Ni la auto-estima ni la auto-realización ocupan un lugar dentro del caudal teórico de
los conductistas.
Maslow asegura que estas necesidades operan de dos maneras a la vez. O, mejor dicho, que las dos inferiores operan de una forma, como necesidades de deficiencia, en tanto que las dos superiores
son necesidades de desarrollo. El afecto puede ser ambas cosas. Las necesidades de desarrollo son exactamente como las necesidades corporales de vitamina o de yodo. No podríamos sobrevivir sin
ellas y si nuestra dieta es insuficiente, nos vemos motivados a buscarlas.
Maslow pone mucho énfasis en el afecto, tanto el que se da, como el que se recibe. Según él, todas las neurosis se originan por una deficiencia del mismo. Esto, a su vez, ocasiona una deficiencia
en las necesidades superiores.
La motivación en el trabajo
A Maslow se le ha asociado principalmente con la revolución humanística. Esta destaca el desarrollo psicológico más que el esfuerzo incesante por obtener bienes materiales.
Paradójicamente, es en la industria donde se puede sentir más su influencia, pues siempre ha deseado saber qué motiva a una persona a trabajar mucho y muy a menudo ha establecido alguna forma de
pago “a destajo”, según el cuál a una persona se le paga en proporción directa de su rendimiento, como la razón más poderosa para incrementarlo.
Frederick Taylor, conocido como “Taylor el veloz”, inventó los estudios de tiempo y movimiento; además demostró cómo el buen desarrollo de la eficiencia del individuo podría mejorar las ganancias
individuales entre los trabajadores (Taylor, 1947). Sin embargo, al final de su vida escribiría tristemente: “La vida es horrible para cualquier hombre que no puede dejar de ver algún sentimiento
de hostilidad en la cara de los trabajadores y tener la sensación de que todo el que lo rodea es su enemigo potencial.” La “Administración Científica” -término aplicado al planteamiento
de Taylor- fracasó porque se basaba en una concepción demasiado simple del individuo.
Otro experimento famoso demostró más tarde que el dinero y las condiciones físicas de trabajo no eran los únicos factores que influían en la motivación del trabajo. En los trabajos eléctricos
realizados en Hawthorne, Elton Mayo introdujo cambios cuidadosamente controlados en las condiciones en las cuales se ensamblaban los relevadores (1975). Al principio, trabajando una semana de 48
horas, sin períodos de descanso, cada uno de los empleados producía 2 400
relevadores por semana. Primero, Mayo introdujo el trabajo a destajo y, tl como se esperaba, el rendimiento se elevó. Después, se introdujeron dos períodos de descanso de cinco minutos cada uno y
una vez más hubo un mayor rendimiento. Cuando los períodos de descanso se prolongaron a diez minutos, el rendimiento volvió a mejorar una vez más. La compañía introdujo una comida caliente
gratis, y de nuevo creció el rendimiento. Finalmente, a las muchachas se les permitió salir alas 4:30 p.m. en lugar de las 5:00 p.m. y el rendimiento se incrementó todavía más. El ausentismo
disminuyó en un 80% durante el experimento.
Una historia de interés humano
Para finalizar el experimento, Mayo realizó una comprobación comparativa cuando las muchachas volvieron a sus duras condiciones de trabajo originales. Nadie se sorprendió más que Mayo cuando la
producción rompió todos los récords, ¡con más de 3 000 relevadores por semana! A este fenómeno se le conoció como “efecto de Hawthorne”, el cual se explicaba por el hecho de que los trabajadores
respondieron positivamente al interés que se les demostró. El problema del interés puede ser muy importante en casi todos los análisis de motivación. Podría reducirse al deseo de hacerse uno
mismo la vida interesante: aun cuando no necesariamente agradable.
Según cree Frederick Herzberg, las personas que trabajan están motivadas de dos maneras (1966). La primera, al deseo de evitar todo cuanto pueda causar dolor por parte del ambiente, él lo llama
motivación que denomina “Adán-animal”. La segunda consiste en buscar el desarrollo a partir del trabajo, y la denomina motivación “Abraham-humana”. Herzberg afirma que una compañía no puede
prosperar, a menos que satisfaga estos dos tipos de necesidades de sus empleados.
Otros criterios referentes a la motivación -para los gerentes en este caso- fue sugerido por David McClelland (1968). Este autor analizó las motivaciones psicológicas que se encuentran detrás de
la forma en que se vive y se trabaja, encontrando tres necesidades principales: de poder, de realización y de asociación o compañerismo. McClelland descubrió que los gerentes que muestran una
gran necesidad de asociación tienden a sentir disgusto por el alejamiento psicológico del poder y probablemente renuncien a los objetivos de producción. Un gerente con una gran necesidad de poder
personal, aunada a necesidades igualmente grandes de realización, puede ser muy eficiente. Formará un equipo unido y sumamente productivo. Sin embargo, si abandonase la compañía podría sobrevenir
la desorganización, pues el “equipo” sólo depende de él.
Desde el punto de vista de McClelland, el mejor tipo de gerente que una compañía puede emplear es el que posee una gran necesidad de realización y delega sus necesidades de poder a la compañía.
Esto puede ser bueno para la compañía, pero no necesariamente para los intereses a largo plazo del gerente mismo, pues está propenso a sufrir grados anormalmente altos de hipertensión, así como
enfermedades cardiacas. La teoría de Maslow predice dicho resultado para quienes rechazan la satisfacción de sus propias necesidades.
En una aplicación reveladora de la teoría de McClelland, David Winter analizó los patrones de motivación de los principales candidatos en las elecciones presidenciales norteamericanas de 1970
(véase la tabla siguiente) (Winter, 1976). Comparó a dichos candidatos con los de años anteriores. El contraste entre los dos candidatos finales no pudo ser más claro. Ford tenía fama de ser un
“tipo simpático -pero débil”. Y eso fue lo que demostró el número de votos que obtuvo. Carter reveló un perfil bien equilibrado, en el cual destacaba la realización. Humphrey fue otro “tipo
simpático”, pero con una menor necesidad de poder. Reagan y Wallace obtuvieron una calificación alta respecto de su necesidad de poder y compartieron una necesidad notablemente escasa hacia la
asociación.
La realización y la prevención
Tal vez el más interesante -y no menos poderoso- de estos motivadores psicológicos de la conducta es la realización. Este es un motivo con bases sociales. La motivación hacia la realización nos
permite lograr algo importante -algo de valor que responderá a nuestras propias normas de distinción. Nos premiamos y castigamos mutuamente, de acuerdo con las expectativas sociales. Asimismo,
nosotros mismos nos premiamos y nos castigamos. Por lo tanto, en beneficio de la realización, nos privamos de placeres inmediatos por el bien de metas futuras.
Este compromiso se lleva a cabo no porque el retraso de una recompensa sea un requisito indispensable de la vida moderna. Nuestra capacidad de previsión lo hace posible. Esta cualidad es
distintivamente humana -y quizá uno de los mejores ángulos de “la naturaleza humana”. Algunos de nuestros ancestros plantaron árboles para nuestro beneficio; nuestros padres ahorran su dinero
para nuestro bienestar. Nosotros, también trabajaremos afanosamente, a través de un futuro incierto para que al final de nuestros días otros obtengan algún provecho.

